El vendedor de libros, por Hernán Arturo Ruiz | Cuento
De su casa a la oficina eran cuatro cuadras y don Manuel las recorría a pie. Le gustaba el aire fresco de la mañana y escuchar el ruido de los coches. Llegó, como siempre, diez minutos antes de la hora de entrada.
—¿Qué tal le va, licenciado? —el guardia apagó la música de su celular en cuanto lo vio.
—Muy bien, Nachito. Aquí andamos, ¿y tú?
—Dizque trabajando, no hay de otra. ¿Hoy también se queda hasta tarde?
—No, mi estimado, hoy me toca vender libros en el Paseo.
—¿Y a poco sí vende?
—Pos ahí sale pa´ las cocas.
Se despidieron con un ademán. El guardia puso de nuevo la música mientras veía a don Manuel subir las escaleras. Pobre hombre, se dijo, debe ser muy feo vivir tan solo. Recordó una plática con los de intendencia en la que alguien dijo que Manuel había estado casado hace mucho tiempo, pero que su mujer lo dejó porque la golpeaba. A mí se me hace que nunca ha estado casado, interrumpió otro con una sonrisa, ¿no ven que parece joto?, y todos se echaron a reír.
Ya en su cubículo don Manuel realizó el reporte mensual. En la pared colgaba un cuadro con su imagen y unas letras doradas: Servidor Público del Mes. En esa foto la calva se le veía libre de manchitas y el bigote lo tenía bien alineado a la comisura del labio superior. Casi un año invicto siendo el mejor de la oficina. Después de imprimir el reporte y dejarlo con la asistente del subsecretario regresó al cubículo, sacó de su maletín una agenda pequeña y vio el apunte que había escrito días atrás: Jueves cinco de diciembre, el doctor Verduzco está de vacaciones, entre once y doce de la noche.
—¿Qué maldad habrá hecho? —la asistente del subsecretario se paró frente a él con los brazos en la cintura.
—¿Por qué? —se sonrojó y fingió que leía sus expedientes.
—Pues vea, trae una sonrisota, se ha de haber acordado de alguna travesura.
—¡No, Marce! Apenas la voy a hacer.
—Ay, señor Manuel, no se aguanta.
Después de eso sintió que las horas se alargaron. En otras circunstancias el tiempo no le habría importado. Hubiera hecho su trabajo con gusto y quizá se habría ofrecido como voluntario para el turno vespertino. Pero días como ese, estaba muy pendiente del reloj. Lo veía cada diez minutos, iba a tomar agua, al baño, a fumarse un cigarro a la terraza y lo veía de nuevo. A penas se dieron las tres de la tarde marcó su tarjeta en el checador y se fue a casa. Comió arroz recalentado y una mandarina. Luego de lavar el plato y sacar la basura fue a su biblioteca. Cuatro estantes metálicos formaban pasillos estrechos, en las paredes había fotos familiares y en cada esquina pilas de grandes y empolvados ejemplares de historia, ciencias, arte, política, novelas de aventuras y uno que otro libro de superación personal. Varios estaban gastados y repetidos, y aunque lo intentó muchas veces, nunca pudo leer más allá de la primera página de ninguno. Lo que comenzó como un juego se convirtió en problema cuando ya no tuvo donde acomodarlos. Por eso decidió venderlos para liberar espacio. A veces deseaba interesarse por otras cosas, como coleccionar estampillas o monedas pues de tanto cargar los libros ya le dolía la espalda. Pero nada era tan placentero como conseguir nuevos ejemplares. Bufó al pensar en los viajes que tendría que hacer para subir los cartones repletos al Grand Victoria. Ni modo, Manuelito, a darle, pensó. De un armario sacó una mochila descolorida y su faja industrial. Cerca de la puerta estaba el primer cartón.
El Instituto Cultural prestaba los stands a los vendedores de libros. Por esa razón don Manuel nunca tuvo que preocuparse en conseguir mesas para colocarlos. El día de venta también había música, comida y exposiciones en el Paseo de las Artes. Acomodó los libros por géneros y esperó a que llegaran los clientes.
—Pásele, amigo, no tenemos cosas nuevas, pero sí novedades —repetía si alguien se acercaba. A varios les aseguró que el próximo jueves llevaría libros de Medicina—: Por si conoces a alguien que estudie para doctor.
Se fumó varios cigarros y compró una Coca Cola en envase de vidrio. A lo lejos una mujer cantaba a capela canciones de Silvio Rodríguez y un joven se puso a hojear los libros de historia en su stand.
—¿A cuánto la enciclopedia?
—Esa te la dejo en doscientos pesos.
—¿En serio?
—Sí, son seis tomos. Dame ciento cincuenta, para que te animes.
El joven metió la mano en su bolsillo, sacó varios billetes y le dio a don Manuel uno de cien y otro de cincuenta.
—Oiga, ¿y por qué tan baratos?
—Nomás —le respondió al tiempo que tiraba la colilla en un cesto de basura.
—El del otro puesto los da bien caros, como si estuvieran nuevos.
—Es que el Julio vive de eso, yo no. Lo poquito que les saque es bueno.
—¿Y usted no compra libros? En la casa tengo unos que nadie lee.
—No, mi estimado, casi siempre los consigo gratis.
El joven asintió y se fue cargado con los seis tomos. Don Manuel lo vio alejarse mientras encendía otro cigarro. Su reloj marcaba las siete cuarenta. Había tiempo de tomarse una Coca Cola más. De la bolsa de su camisa sacó la agenda y repasó el apunte. Poco antes de cerrar una muchacha vio varios libros, los olió, y después de preguntar su precio se fue por donde había llegado.
—¡El otro jueves voy a traer libros de Medicina! —le gritó don Manuel.
A las ocho veinte los encargados de Cultura agradecieron a todos los que habían asistido al Paseo, pidieron a los vendedores tirar la basura en los cestos y dijeron que el próximo jueves ahí estarían puntuales. Don Manuel empacó los libros en los cartones, ese día solo consiguió vender la enciclopedia. Los metió a la cajuela del Grand Victoria. Se despidió de los otros vendedores y se fue silbando Palabras tristes de Los Yoniks.
La casa del Doctor no estaba lejos de ahí. Ya tenía días rondándola. Un mes atrás oyó al viejo presumirle a los amigos su gran biblioteca. Aprovechó la luz roja de un semáforo y vio el apunte. Tenía tiempo de sobra. Se estacionó a una cuadra de la casa. En la calle había bastante gente y por un momento le dieron ganas de marcharse. Le sudaban las manos. ¿Pero cómo voy a dejar ir una oportunidad así? Recordó el día que clausuraron la biblioteca estatal y la dejaron sin resguardo. Tardó semanas en decidirse a ir por ellos, y cuando lo hizo los libros ya se encontraban en el Archivo del Congreso custodiados por guardias y cámaras de seguridad. Durante varias semanas don Manuel no pudo ni verse al espejo. Un acceso de tos interrumpió sus recuerdos. Esta vez todo es diferente, Manuelito, el doctor está fuera y planeaste bien las cosas, se dijo pasándose la lengua por el bigote. A las once y media la calle por fin se quedó sola, entonces bajó del auto con la mochila en la espalda. Al llegar a la casa del doctor sacó un alambre, una tarjeta de aluminio y un par de guantes. Se los puso y se cercioró de que no hubiera nadie en la calle. Respiró profundo. Hizo un espacio entre la puerta y el marco con la ayuda de la tarjeta y movió el alambre de arriba abajo dentro de la chapa hasta que el seguro cedió. Era la primera vez que abría una puerta tan fácil, pero no se detuvo a pensar en ello. Adentro olía a desinfectante. Caminó a tientas por el recibidor. Detrás de la primera puerta encontró un baño. En el pasillo se colaba un hilo de luz que iluminaba algunas fotos colgadas de las paredes. En una de ellas estaba el doctor en la entrada de una Feria del Libro. Apenas la vio se le vino a la mente cuando inició todo: fue una tarde en que, después de firmar los papeles del divorcio, se metió a una librería de viejo. Esa vez anduvo entre los estantes sin prestar demasiada atención. Ya en la calle se dio cuenta de que se había salido sin pagar un diccionario. Algo se le removió en el pecho al darse de que no lo habían visto. ¿Cuándo fue la última vez que el pulso se le aceleró tanto? No lo recordaba. A la mañana siguiente regresó y escondió entre su maletín y un periódico El capitalismo marxista de Nitto Calderoni. Conseguirlo le produjo tanto placer que se olvidó por completo del divorcio y de la orden de restricción que solicitó su ex mujer en contra suya. Volvió a casa con varias bolsas de libros. Por fin la vida recobró el sentido. A partir de entonces visitaba una vez por semana las librerías del centro y se metía uno o dos ejemplares debajo del saco o el pantalón. Cuando eso se volvió rutina decidió robarse un facsímil del acta de Independencia Mexicana que tenía su jefe en la oficina, luego fueron las bodegas de Cultura Municipal y los ciento sesenta libros que sacó de la biblioteca de la Universidad Autónoma del Estado. Después de ese atraco pensó en retirarse, pues su botín era inmenso y el dolor de espalda a veces ni siquiera lo dejaba dormir. Entonces escuchó por accidente al doctor en un café: “Más de quinientos libros”, le dijo el viejo a sus acompañantes: “La mayoría son herencia de mi señor abuelo, y el día de mi muerte quiero que los envíen a la Sorbona”. Se le iluminó el rostro al oírlo. Una última vez y ahí le paro, se prometió. Abrió otra puerta, en una esquina vio una cuna, peluches y una cocina de juguete. Con una chingada. Las escaleras estaban al final del pasillo y las subió despacio para no hacer ruido. Luego de toparse con otro baño por fin encontró el estudio del doctor Verduzco. Era una habitación grande que olía a tabaco, rodeada por amplios libreros de cedro y bustos griegos. Cerró la puerta con cuidado y encendió una lámpara de mesa. Libros nuevos y viejos. Casi todos hablaban de medicina y entre ellos se escondían varias novelas en francés.
—Este es para mí —apartó un libro grueso de pasta dura con la imagen de Hipócrates en la portada.
Un golpe seco se escuchó a fuera y toda la sangre se le fue a los pies. Alguien caminaba en la otra habitación. No puede ser, pensó con la mandíbula apretada, el Doctor y su familia deben seguir de viaje. Dejó el libro sobre el escritorio y fue por su mochila. Un rechinido le hizo pegarse a la pared.
—Más vale que no hagas una tontería porque traigo una escopeta —la voz del doctor Verduzco era gruesa y firme.
Buscó la veintidós en la mochila. Jamás había tenido la necesidad de usarla y ni siquiera recordaba cómo quitarle el seguro. ¡Carajo! Justo el día anterior había rondado la casa cuatro veces y por la tarde marcó al hotel donde se hospedaba la familia del Doctor. Pero hoy no hiciste nada, Manuelito, con toda la emoción se te olvidaron las cosas esenciales, se reprochó.
—Ya marqué a la policía, si no te largas ahorita te vas con ellos a la cárcel.
Don Manuel siguió callado. Sudaba de pies a cabeza. Miró a su alrededor, pero no encontró ninguna ventana, sólo las rendijas del aire acondicionado. ¡Carajo, carajo, carajo! El doctor repitió la amenaza antes de abrir la puerta. Manuel se abalanzó sobre él y rodaron por el suelo. La supuesta escopeta era en realidad un paraguas. ¡Cabrón mentiroso! Logró quitárselo, pero al hacerlo se le cayó el arma. Antes de que el otro pudiera tomarla le apretó el cuello. Verduzco manoteaba sin lograr zafarse. Don Manuel lo sujetó con más fuerza. Sentía que la garganta del viejo luchaba por agarrar aire, y aunque quiso soltarlo y escapar, no pudo. Era como si sus dedos se hubieran enterrado en esa masa gelatinosa que de pronto dejó de moverse. Le costó unos segundos entender qué había sucedido y, al hacerlo, se desprendió del cuerpo y se alejó a gatas. A penas podía respirar. ¿Qué hiciste, Manuelito? Tuvo que apoyarse en el escritorio para levantarse.
—¿Doctor?
Le dio un ligero golpe con el pie en el estómago. Fue como tocar un costal de arena. Recogió su arma y revisó las otras habitaciones con la sensación de tener la cabeza llena de humo. Regresó al estudio y vio el cuerpo tendido. Las náuseas lo obligaron a recargarse en la pared. ¿Yo hice eso? A lo lejos oyó una sirena y decidió marcharse sin la biblioteca. ¡Qué manera de joderlo todo! Ya en la calle se dio prisa por llegar al Grand Victoria. Después de varias cuadras se dio cuenta de que aún traía los guantes, pero no se los quitó. Una patrulla pasó en dirección a la casa del doctor Verduzco. Don Manuel sintió que algo se le avivaba en el pecho. ¿Yo hice eso? Ahora la pregunta tenía una carga de orgullo. Recordó el diccionario de su primera vez y descubrió que esta era una sensación nueva y mucho más placentera. Las manos le temblaban y también el labio inferior. Sonrió. Por fin había encontrado algo mejor que robar libros.
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Hernán Arturo Ruiz (Culiacán, Sinaloa, 1993) Abogado y Maestro en Historia por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fue becario del PECDA Sinaloa en los periodos 2016-2017 y 2024-2025. Ha publicado los libros Las horas que perdimos (ISIC/Nitro Press, 2020) y Todas las estrellas muertas (ISIC/Ficticia, 2023). En 2015 recibió la primera Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo. Sus cuentos han aparecido en las antologías Once navajas, narradores menores de treinta años (FETA, 2015), Laboratorio para Narradores (Palabras del Humaya, 2017), Álbum Negro, narrativa sinaloense de ficción (ISIC, 2018), Lados B, narrativa de alto riesgo (Nitro/Press, 2018), Sin mayoría de edad (UNAM, 2019), El espejo de Beatriz. Volumen 2. (Ficticia, 2020) y Síndrome de Astier (Abismos Editorial, 2021). Actualmente coordina la escuela virtual de literatura llamada Laboratorio para Narradores.
