Transcripción, por J. Santiago Macías | Cuento

Para Constanza y Aura.
¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía
no tienes edad para saber lo mala
que es la vida.
1. Eugenides, Las vírgenes suicidas.
1
La mujer bajó del taxi. Era de carnes magras, con los brazos cobrizos, usaba unos espejuelos más amplios que su nariz y movía la boca como si dijera una abundancia de cosas en un volumen tan mínimo que sólo ella alcanzaba a escuchar. Vivía en la casa de enfrente. Cada atardecer salía a caminar con un extraño pomerania color chabacano, que tenía el hábito perruno de orinar siempre en el tronco de la misma mata de limones. Además de tostada y miope, la mujer era inusual sobremanera: llevaba una agenda gastada bajo la axila derecha que no dejaba nunca mientras salía a la calle o a cargar sus bolsas de mercado con lo poco que le alcanzaba, pues se las veía negras para llegar a fin de mes. Absolutamente nadie del vecindario sabía de qué vivía, solamente don Ruperto, un viejo cascarrabias que había ejercido de matemático cuando joven, se atrevía a mencionar de vez en vez que aquella hacía pesos vendiendo su cuerpo. Una ocasión nada más se le vio entrar en la casa de la mujer, el foco del baño echaba su luz a todo lo que daba y el matemático salió dos horas después con una cara que irradiaba más felicidad que cuando resolvió doscientos ejercicios de su Baldor amarillento. El anciano lastimero se ufanaba de haberle propinado las mejores caricias que la fémina hubiera recibido, aunque su impotencia fuese vox populi.
-Fue sencillo para un semental como yo, que conoce el álgebra de arriba a abajo. No hay mejor forma de conseguir caricias femeninas que resolviendo ecuaciones-, pronunciaban las gastadas cuerdas vocales del matemático jubilado a todo el que le sacara plática. -No ha sido sólo una vez, ah, mi virilidad mantiene en forma esas despampanantes carnes-.
La rutina de la mujer se hizo ritual. Dentro de su casa sólo su perro, sus muebles franciscanos y ella sabían cómo vivía. Una cosa única era segura para los avecindados entre aquella mole estrecha de concreto que compartían vida con ella: estaba ahogada en deudas. Los empleados del banco habían llegado al límite de préstamos para ésta cuentahabiente y, por una sorprendente casualidad, solía encontrar cerradas todas las casas de empeño cuando buscaba revender el mismo librero de abedul sacado de quién sabe dónde.
Toda la vida se había acostumbrado a vivir sola. Creía firmemente que la soledad era una bendición caída del cielo y que era la suerte de las almas más sublimes. A pesar de tronarse los dedos cada dos quincenas, el yugo de la vida monótona casi monacal que se impuso por propia convicción le mantenía aun viviendo o, mejor dicho, sobreviviendo. Pero entonces, cuando sentía la ingente necesidad de espabilarse junto al cuerpo desnudo de un varón, solía pasar horas afrodisíacas revoloteando entre las cobijas de don Ruperto.
2
El lunes amaneció libre de su atmósfera sardónica. Ella despertó más temprano de lo habitual, con el cobertor cubriendo la mitad de sus miembros raquíticos. Los mirlos estrellaban su pico prolongado contra la protección de la ventana y en el tejado dos gatos pardos reñían a maullidos y dentelladas entre sí. Como usanza que tenía grabada en el rincón más profundo de su cotidianidad, la mujer alargó la mano sobre la cómoda, tomó su agenda raída y la abrió mecánicamente, como todos los días, en la fecha que signaba el calendario para marcar la página correspondiente. Los días anteriores ya estaban tachados. Había llegado el lunes, el último lunes. Mientras se bañaba, deslizando un jabón corriente con aroma a rosas -que le hizo recordar con liviandad las doscientas noches que pasó acostada en tálamos sórdidos de hoteles viles durante sus mejores años-, un frescor repentino le humedeció ambas mejillas y la llenó, hasta el colmo y como nunca, de unas opulentas ganas de vivir. Después de secarse con una toalla harapienta, se puso el conjunto de vestir más grandioso que conservaba, aunque la costura original de éste se había sustituido una y mil veces; tomó el primer autobús que hizo parada y se encaminó a la inmobiliaria. ¡Milagro de Dios!, luego de agotar hasta el cansancio todos los medios posibles para hipotecar su casa, por fin consiguió su cometido. Regresó recogiendo sus pasos.
3
Quería gritarle su felicidad que tanto le había costado ganar a cuánto ser viviente y automóvil se le pasara por enfrente. Tropezó con el viejo matemático en una esquina, intercambiaron unas cuantas señas obscenas y ella entendió el mensaje. Una vez sentada a su mesa, consumió una comida parca y remató con un plato de piña picada; fruta a la que le guardaba mucha fe porque, según creía, elevaba la calidad de sus contorsiones en brazos de sus amantes. Su instinto de muñeca de alquiler le condujo hasta la puerta de Ruperto. El viejo la esperaba ávido, con la misma intensidad que le embargaba cuando era temporada de hacer sufrir a sus antiguos estudiantes con pruebas de trigonometría. La lúbrica acción inició sin preámbulo. El lugar seleccionado para aquello fue un sillón italiano con algunos parches e hilos colgando. Con el sabor del sudor numérico del matemático en los labios, la mujer abandonó el recinto mientras su esposo postizo retozaba con los ojos cerrados encima de la alfombra árabe que decoraba la duela de la biblioteca, justo a los pies del sillón desvencijado. Cuando cruzaba la salida, le pareció notar que una exhalación brotaba de Ruperto, pero su mirada no se fijó en eso y fue a dar en un volumen precioso de la Geometría de Euclides, que yacía arrumbado en la región más polvosa del librero de tres pisos. El hombre había expirado, víctima gloriosa de una lujuria que sólo él pudo fruir. Extendida a sus anchas dentro de los muros de su hogar, aquella comenzó a cabecear. Todo le parecía nebuloso, como si marejadas de leche inundaran su vista. Sentía como si en el centro de su pecho se fuera abriendo una hondonada, abisal, muy hueca. Una sensación de vaciedad le apachurró la nuca. Arrebatada en una agitación psicodélica, producto de la soledad monástica en que vivía, se olvidó de todo: de las deudas que aún no había saldado, del pomerania que ladraba insistentemente por no haber probado bocado en los últimos tres días, de la imagen espantosa de Ruperto retorciéndose como invertebrado que le asaltó momentos antes… Su cerebro se transformó en una hoja en blanco. Con la agenda en el brazo, sostenida con meticulosidad por la articulación del codo, ignoró también que el emisario de la inmobiliaria le visitaría al día siguiente y se dejó guiar por sus pies temblorosos hasta el jardín frontal que hacía de vestíbulo para su vivienda hipotecada, estaba de sobra fangoso y maloliente a agua estancada. Su Smith & Wesson con repujado en la culata -liberado poco antes del cajón inferior de su ropero- relució bajo los resplandores malévolos de la poca luz natural que había todavía.
4
La tarde satírica le bronceaba los párpados. La insuficiencia laxa de la hipoteca le hizo percibir su endeudamiento hasta el cuello. Sintió las deudas, pero no las balas.
* * *
La vecindad clareó en calma. Una ligera llovizna regó el concreto de las aceras contiguas y lejos zumbaba la barahúnda de la ciudad recién levantada.
Luego de tres timbrazos nadie atendió. El empleado de bienes inmuebles se cansó de insistir. Abordó su motocicleta y se perdió entre el rumor de las calles. Un cardumen de moscas hacía piruetas sobre el cadáver de la mujer. La agenda terminó de deshacerse con el chubasco antecesor a la mañana del martes, con todo, una marca en cruz permaneció visible en la página perteneciente al día anterior. El armazón de unos anteojos con las lupas estrelladas evitaba que el viento matinal diera vuelta a la página aquella.
El reloj marcaba las diez de la mañana.
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José Santiago Macías Cabrera. (Puebla, México, 2006). Estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue ganador del Concurso Cultural de Declamación, organizado por la Secretaría de Educación Pública para el Estado de Puebla durante dos años consecutivos (2022, 2023) y galardonado con el XIII Premio Nacional de Cuento de la Universidad Iberoamericana de Puebla (2024). Ha publicado poesía, cuento, ensayo y traducción en revistas literarias nacionales e internacionales como Enpoli, Hipérbole Frontera, Periódico Poético, Mimeógrafo, Pirocromo, Literatura 451, Awita de Chale, Irradiación, Alcantarilla, Trinando, Cósmica Fanzine, Isotopías y Librópolis (UNAM). Actualmente es becario del PECDA Puebla (perteneciente al FONCA) en la categoría “Adolescentes creadores”, para el área de Poesía.